“Soy mujer. Y un entrañable calor me abriga cuando el mundo me golpea. Es el calor de las otras mujeres, de aquellas que hicieron de la vida este rincón sensible, luchador, de piel suave y tierno corazón guerrero”.   Alejandra Pizarnik

Femicidio Berta Cáceres Fotografía: Goldman Environmental Prize

Por Natalia Sierra, Socióloga y Activista

El capitalismo contemporáneo, como muchos teóricos críticos lo sostienen, es absolutamente depredador. No es exagerado afirmar que la actual lógica de acumulación de capital ha retornado a su salvajismo primitivo. Las grandes transnacionales capitalistas que hoy gobiernan sobre y en complicidad con los Estados nacionales han rebasado todos los límites humanistas, democráticos, ecológicos, religiosos y éticos que ponen límite a su voracidad.

La economía capitalista en su expansión global ha perforado todo paradigma humano que en su momento le servía para enmascarar su inhumanidad. Ya no son necesarios los acuerdos para frenar la expoliación de la naturaleza cuando su daño tiene valor y precio, no se requiere una política laboral que limite la explotación del trabajo cuando ya no hay trabajadores, sino esclavos y/o “microempresarios gozosos”, no es necesario sostener instituciones democráticas que garanticen los derechos humanos cuando el concepto de humano se pervierte en el de consumidor, etc.

La violenta expansión de la economía capitalista destruye la ideología humanista con la cual nació y se desarrolló, pues hoy en su guerra contra la humanidad ya no le sirve, al contrario es su frontera.

Desde que se inició la conquista y colonización capitalista su ejecución destruye de forma sistemática la vida natural y social, particularmente aquella la de los pueblos indígenas, los pueblos campesinos y las poblaciones de trabajadores. Dentro de todas estas comunidades humanas son las mujeres, por el hecho de ser mujeres, es decir por razones de género, las más afectadas.

Sin lugar a dudas, el capitalismo es impúdicamente patriarcal, pues su lógica profundiza las relaciones de dominación masculina, en la medida en que su razón económica supone una mayor y más acentuada división social del trabajo, su razón ideológica impone la perspectiva falocéntrica en la organización de mundo, su razón política estatal es marcadamente machista y su razón técnica es perversamente agresiva con la naturaleza. Se entiende, así, que la cualidad cardinal del capitalismo es patriarcal, la misma que en la época actual del extractivismo se radicaliza.

En el origen del capitalismo, el despojo violento de riqueza social y natural fue determinante para la acumulación primitiva de capital, hoy el despojo extractivo de riqueza le sirve para subir la concentración y acumulación de capital a niveles absolutos exigidos por su irracionalidad.

Así, el capitalismo se caracteriza por promover un estado de guerra permanente con lo cual crea las condiciones óptimas para su desarrollo y expansión sin límites. Es por esta razón que el extractivismo como la forma actual de producción capitalista es una guerra de intervención, destrucción y despojo en contra la humanidad, y como en toda guerra la primera y fundamental víctima es la mujer.

Esta lógica depredadora del capitalismo patriarcal, en lo concreto se traduce en la perversa ampliación del femicidio en todos los territorios donde la hidra crece como cáncer. América latina ha sufrido en su naturaleza, en sus pueblos ancestrales y en sus mujeres la violencia patriarcal del capitalismo a lo largo de su historia.

En las última décadas, en la que la voracidad de las corporaciones transnacionales buscan depredar la naturaleza del subcontinente para extraer de ella sus riquezas y convertirlas en capital acumulado en sus centros financieros, y frente a la diga resistencia de los pueblos ancestrales e históricos que defienden sus territorios y sus mundos de la vida, las mafias transnacionales en complicidad con los estados y los gobiernos de turno persiguen, amenazan, enjuician, encarcelan, violan, torturan y asesinan a sus mujeres.

Son ellas el mayor peligro para el avance del monstruo capitalista, pues son ellas las que sostienen los mundos de vida campesinos, las formas de economía no capitalista, la comunidad que frena el individualismo subsidiario de la acumulación, son ellas las que cuidan la naturaleza que nos acoge, son ellas las que hospedan a las otredades que amenazan la homogenización de la vida.

Hace ya tres años que Berta Cáceres y Lesbia Yaneth mujeres defensoras de la vida han sido asesinadas por los mercenarios del capital, por el “crimen” de organizar y participar con el pueblo Lenca en la justa resistencia contra la construcción de la represa de Agua Zarca en Honduras. Han sido asesinadas por el “delito” de defender los territorios donde habitan desde tiempos ancestrales, por defender la naturaleza que les hospeda, por defender sus comunidades de vida, su cultura, por defender a sus hijos e hijas contra la esclavitud laboral, por defender a sus hijas de ser violadas y explotas sexualmente, por defender el futuro de su descendencia.   Son ellas el rostro femenino símbolo de cientos, de miles de mujeres que en todo el planeta son violentadas y asesinadas por el patriarcado capitalista.

El capitalismo de siempre y en especial el de hoy se ensaña con las mujeres en resistencia, porque su poder de interpelación sígnica y cínica no puede con su feminidad. Todo el poder falocéntrico del capital no puede apresar la voluntad de vida de las mujeres en resistencia, pueden violarlas, torturarlas, asesinarlas y ellas seguirán allí defendiendo la vida.

Para el capitalismo patriarcal lo femenino es el objeto violable por excelencia, pero para la vida lo femenino es esencialmente inviolable, en el sentido de que toda la violencia que se ejerza sobre la mujer no puede liquidar su voluntad de vida.

En nuestro país, en el contexto de las luchas indígenas y campesinas en contra del extractivismo, las mamas, las abuelas ponen su cuerpo para defender sus territorios, con la seguridad que de ahí solo las levantan muertas, decían. Ese es el ejemplo de la compañera de Saraguro Luisa Lozano que a pesar de ser golpeada, juzgada y sentenciada por el gobierno mercenario del capital, está espiritualmente intacta.

La feminidad es la voluntad de por-venir que trasciende toda hegemonía del patriarcado capitalista, es la voluntad de ser para los otros que se desprende del egoísmo que promueve la competencia masculina del capital, es la voluntad de existir en común que es la ética misma que humaniza.