Ruidos de cencerros, jolgorio y algarabía nos anuncia que los diablos una vez más han llegado al pueblo de Luzón, han abierto alguna brecha de las montañas aledañas y se mezclan con los humanos, en un pueblecillo de nuestra desconocida y ancestral Castilla. Luzón, es un espacio mágico, rodeado de montañas, que se llenan de nieves en los días de invierno. Son los Diablos de Luzón, los que nos sorprenden un año más en esta mezcla de carnaval y de celebración pagana, una de las más antiguas de la España profunda y de los caminos del Cid. 

Los diablos y mascaritas ya hacen notar su presencia nada más llegar al pueblo de Luzón. Lo primero que nos encontramos es el pequeño puente del pueblo, con un homenaje a estas figuras, en metal tallado, reproduciendo a las que más tarde podríamos ver en vivo. La imagen de los diablos y las máscaras, que se proyectaban en sombras invitadoras a la visita del caminante y que juegan caprichosamente con el sol del mediodía.

Los aldeanos inician el ritual con la preparación de la tintura que cubrirá más tarde sus rostros por completo, sus cuellos y sus manos. La mezcla de hollín y de aceite de oliva, dará ese aspecto de misterio, de magia y colorido. Unos a otros se ayudarán a dejar sus rostros bien cubiertos, así como sus manos, bajo la mirada de curiosos y fotógrafos. Ya tendrán puestas sus largas vestimentas negras, y preparadas las cornamentas de toro que colocarán sobre su cabeza. Complementarán su aspecto de bestias de otro mundo con un cinturón de cencerros colocados en su cintura y que harán sonar con un ritmo básico, en tres escalas, que nos hará danzar.

Diablos de Luzón

Fotografía: Patricio Realpe

Diablos de Luzón

Fotografía: Patricio Realpe

Diablos de Luzón

Fotografía: Patricio Realpe

Diablos de Luzón

Fotografía: Patricio Realpe

Diablos de Luzón

Fotografía: Patricio Realpe

Diablos Luzón

Fotografía: Patricio Realpe

Diablos de Luzón

Fotografía: Patricio Realpe

Diablos de Luzón

Fotografía: Patricio Realpe

Acompañando a los diablos aparecerán las mascaritas, simbolizando el bien, con sus rostros cubiertos con máscaras o pañuelos blancos impolutos,  sus coloridos vestidos largos, su naturaleza indefinida, que igual pueden ser hombres o mujeres y que se pasean coquetamente alrededor de los diablos. Las primeras mascaritas ya hicieron aparición cuando se estaban pintando, pero luego iban saliendo por los recovecos de las calles de un pueblo empedrado y lleno de sorpresas.

Finalmente todos danzarían juntos, ellos buscando asustar y tiznar a todos aquellos que aún teníamos el rostro muy blanquito, como decían. Las mascaritas persiguiendo a los jóvenes apuestos del pueblo.

Y no podemos olvidar a los protagonistas de todo esto, los habitantes de Luzón, que amablemente nos permitieron mezclarnos con ellos, disfrutar de la magia, nos contaron sus historias, sentados en cualquier poyata, en cualquier rincón. Nos explicaron como sobrevivieron a la persecución del franquismo y de la iglesia católica; contaron con nostalgia que habían llegado a ser 32 diablos y finalmente nos invitaron a seguir compartiendo este rinconcito de nuestra historia, que nos compone y nos hace ser como somos.

Diablos de Luzón

Fotografía: Patricio Realpe

Diablos de Luzón

Fotografía: Patricio Realpe

Diablos de Luzón

Fotografía: Patricio Realpe

Diablos de Luzón

Fotografía: Patricio Realpe

Diablos de Luzón

Fotografía: Patricio Realpe

Diablos de Luzón

Fotografía: Patricio Realpe

Diablos de Luzón

Fotografía: Patricio Realpe

Diablos de Luzón

Fotografía: Patricio Realpe